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Casonas de Tlaquepaque

¿Cuántos encuentros y despedidas se entrelazaron en la intimidad de los cuartos, salas y balcones de las casonas de Tlaquepaque? Eso sólo lo saben sus viejos muros o quizá alguno que otro de los centenarios árboles que aun custodian sus jardines. Tal como los incansables baluartes de la nostalgia que son, a su modo cada uno de estos y otros cimientos sostienen en pie a buena parte de la historia de Tlaquepaque, susurrando, en un lenguaje silencioso y emotivo, las imágenes de una época hermosa.


 

 

 
Las condiciones que hicieron posible el levantamiento de tan gallardas residencias en San Pedro, tienen su porque en el agradable clima templado que distingue a su valle circundante, así como en la tranquilidad de sus calles y la cercanía de la no­ble ciudad de Guadalajara, histórico hogar de importantes funcionarios y hombres de negocio en la región. Seducidas por estos y otros motivos, entre los siglos XVIII y XIX acaudaladas familias tapatías construirían aquí sus casas de descanso, las cuales serían habitadas principalmente durante el verano y los periodos vacacionales. En dichas temporadas, los bellos pasillos de las edificaciones neoclásicas solían alegrarse con las tertulias poéticas y los grandes agasajos de la aristocracia mexicana que, en contraste con el modesto caserío de adobe del resto de los habitantes, hacían derroche de lujo y elegancia en cada una de sus expresiones.
 
 
Emblemas de opulencia y estatus social, para 1772 ya sumaban 12 familias de criollos y españoles viviendo en San Pedro Tlaquepaque. En 1851, algunas fincas ya contaban con fuente de agua en el patio, a menudo construidas en cantera o mármol. Por lo general las casonas tenían al menos diez recamaras, un patio central, caballerizas con establo, jardines, pasillos enmarcados con arquería de piedra y ventanas bellamente reforzadas con hierro forjado. Tan principales personajes albergaban estas casonas, que según cuentan, para 1810 Miguel Hidalgo fue hospedado en una de las mejores, e incluso hay quien supone que fue allí donde se firmo la Independencia de la Nueva Galicia.
 
Ya lejos del tiempo de los grandes episodios históricos de México, la posteridad ha querido que en el interior de estas mansiones se preserve la esencia más profunda de Tlaquepaque. Así, los antaño aposentos de las clases mas privilegiadas, hoy alojan renombradas tiendas de artesanías y sofisticados restaurantes, que en conjunto imprimen a los andadores del centro un ambiente casi surrealista, revelador de las facetas mas distintivas de la identidad tlaquepaquense.
 
 
Además de su evidente vigencia cultural y comercial, las casas de San Pedro Tlaquepaque han trascendido por mantener en su arquitectura la idiosincrasia popular. Leyendas de aparecidos, tesoros enterrados y túneles que comunican con edificios como El Refugio y el panteón, son algunas muestras de las sobrecogedoras supersticiones, creencias y pasiones que continúan hermanando a los habitantes de San Pedro... al menos en los territorios de la inspiración y la magia.
 
 
 
 
 
Majestuosas y altivas, como el primer día en que sus fachadas fueron levantadas sobre el suelo de Tlaque­paque, estas casonas son un gran orgullo para todos nosotros y un legado invaluable que no ha podido desvanecer el implacable transcurso del tiempo.